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  • Renato Sáenz

El Circuito Sempiterno

En una acera de concreto muy improvisada, aguardo la llegada del autobús de las 7:00 am en soledad y en silencio que sólo es interrumpido por el canto de unos pájaros dispersos en estéreo y algunos carros esporádicos de padres millonarios que dejan a sus hijos en un colegio cercano.


El hombre de siempre llega a “la parada”¹, robusto, barbudo y bonachón, tiene un hijo, pues los he visto juntos caminar por el barrio, se ve es un padre amoroso, dedicado y blando. Siempre utiliza audífonos de los grandes en un intento de aislarse de su mundo y su entorno, incluidos nosotros.


Para mi suerte vivo justo en frente de la parada, que, literalmente es una extensión de mi casa, escasos 8 que 10 pasos cruzando la calle, escribo esto en mi libreta pensando que aún estoy en mi casa y que tengo la taza de café en la mano, pienso en dar tragos nuevos, mi boca secreta saliva al solo pensarlo, pero recapacito pues ya estoy afuera en la calle.


De pronto, se aproxima la señora de siempre, que, cómo ave rapaz se acerca sigilosa a la parada, siempre llega faltando un segundo para que llegue el bus, hace trampa, ella se esconde en un lugar cercano en el cual puede ver a la distancia el bus acercarse y así poder calcular llegar a la parada 3 segundos antes para convivir lo menos posible con los “bus-esperantes” (que tampoco es que tenemos un jolgorio digno de ser disfrutado)


Éstas flores engalanan la mentada parada. Foto R.S.

Termina la anticipación, el tan anhelado prisma rectangular transportador de personas (bus) que cobra 470 colones (0.72 Euros) arriba y se detiene en nuestras narices, es morado con blanco y negro y parece un modelo viejo y roído, cómo la gran mayoría de la flotilla costarricense, la lámina de hierro punta de diamante del piso luce muy gastada y cansada, incalculable la cantidad de suelas humanas que requiere ese material tan fuerte y duro para desgastarse, los asientos, despintados y rígidos no ceden al paso del tiempo y se rehúsan a toda costa a ser cómodos. Curiosa la manera tercermundista clásica del chofer de bus de organizar el dinero cobrado en un monedero fabricado a partir de una espuma de colchón (poliuretano)


El bus viene atiborrado de seres de humanidad, algunos usan mascarilla (barbijo en argentino), pero la gran mayoría no, luego de un minuto ocurre lo de siempre, en la siguiente parada se baja el 80% de la población transitoria de éste medio de transporte ya que entiendo trabajan en una empresa cercana. Luego de ahí, otro minuto después nos subimos al puente nuevo y moderno que cruza el río Virilla y atravesamos la frontera invisible entre Heredia y San José. Ya estamos en otra provincia, pero eso no parece importarle a nadie, pues van sumergidos en sus móviles dispositivos tratando de encontrar en ellos algo mejor que el rutinario paisaje que provee la recta y monótona carretera. Lo mío, es un viaje corto de apenas 15 minutos al centro de la ciudad.


Trato de descifrar la profesión u oficio de algunos, pero es costoso hacerlo, una persona con ropa de hospital parece enfermera o asistente de pacientes. Mucha ropa casual, la gente no viste bien, se usa mucha ropa genérica que estoy seguro no expresa la verdadera identidad de cada quién, algo tratan de esconder, detrás de máscaras de aburrimiento. Por alguna razón, en éste sentido las mujeres son más abiertas a explorar el estilo y la paleta de colores con sus atuendos, los hombres son más temerosos y conservadores.


Ya en San José los compañeros de bus se dispersan y se funden con las corrientes de personas cómo en un río y sus ramales, cada uno con su agenda se dirige a su destino sin cuestionarse mucho las cosas, apresurados, resignados. Sólo el indigente está tranquilo sentado comiendo su pedazo de repostería fría observando el desfile (sin embargo, sabemos que él también tiene sus anhelos y deseos propios, probablemente el consumo de sustancias)


Personas y adoquines. Foto R.S.

Por más rápido que camino no parezco alcanzar a nadie, se asemeja a una maratón, han adquirido mucha destreza al caminar, es de esperar pues entrenan a diario en su rutinaria ruta. Cada día quieren llegar más rápido, durar menos tiempo. ¿Para qué se pase más rápido el día o el camino o la distancia? ¿para llegar a hacer lo mismo de siempre?


Es muy temprano para reggaetón, pero eso parece no importarle al dueño de la carnicería, y los loros se lo reclaman con gritos estruendosos desde las alturas seguras en las que se encuentran, muy fácil gritar y golpear la mesa desde ese curul de seguridad privilegiado por alas verdes que les permiten despegar y mantenerse tan lejos cómo lo deseen de la raza humana y sus peligros. Una Pangea de olores, un mapa indescriptible de ruidos, sonidos, olores variados, pollo, pescado, cosas que es muy temprano aún para oler. Edificios en construcción que se atraviesan en el camino, pregoneros expertos y monótonos, arboles estáticos cansados y sucios conforman la ciudad que nos rodea. Algunos adoquines interesantes se desarrollan y generan caminos más optimistas.


Pescado a la venta. Foto R.S.

Por la tarde y de regreso


Que variadas son las personas habitantes temporales de éste bus, marcadas por la vida, siempre expectantes y pocas veces presentes, un pequeño mostrario de la humanidad en sí misma. Las ventanas del bus parecen mostrar una película, son más cómo pantallas, pero definitivamente sin tanta acción cómo Netflix, Disney o HBO, todo es gris afuera y sin efectos especiales.


Un rótulo dentro del bus dice “Este autobús cuenta con WIFI gratis”, ¡genial!, lo que necesitábamos, más datos, más pantallas, WIFI por doquier cómo si hiciera falta o hubiera escasez.


La dinámica es así, se oprime un botón para indicarle al chofer que debe detenerse en la siguiente parada, en su circuito sempiterno el chofer obedece a ese mandato esperando poder el mismo llegar a su casa para poder ser el rey por unas horas, ser servido un plato de comida caliente, entretenerse un par de horas con pantallas vacías, dormir un periodo para luego regresar a su rutina de Sísifo. (Rutina la cual todos hacemos a nuestra medida y mérito propio)


De vuelta a la parada hecha sin mucho amor, pero ahora, llueve intensamente. La trayectoria ha sido magna, más el desplazamiento cero, al menos quedan recuerdos, ricas experiencias y aprendizaje diario de sobra si se tienen los ojos abiertos. A descansar algo y seguir soñando.


Parada¹: Lugar para esperar el bus (no pongo “estación” porque no lo son, muchas veces ni techo tienen)


Socorrito aguardando a su mascota humana. Foto R.S.

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