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  • Renato Sáenz

El Idioma Personal


Detalle de obra en proceso . Ólio y acrílico sobre lienzo. Renato Sáenz

Imperante necesidad por escribirlo todo. Escribir como punto de partida de la creación. Escribir, como catarsis intelectual de un geminiano (en mi caso) se constituye casi una obligatoriedad, más que leer, más que existir. De tal manera, escribo, luego existo. Me considero, felizmente ignorante de la parte técnica de la escritura, la parte formal, académica: las reglas y convenciones, y éste hecho me aporta mucha libertad, ya que el objetivo aquí es romper el silencio y transferir la velocidad mercuriana de mis pensamientos a un conjunto semi coherente de palabras, oraciones y párrafos dispuestos en alguna congruencia y orden, valiéndome de los instrumentos propios de la abstracción, con el fin de generar contenido, producir algo útil para mi obra y por ende para los demás en una especie de diario autorreflexivo, un mapa, una ruta a seguir en el mundo de la creación (artística, musical, arquitectural).


En un proceso que, históricamente tiendo a evitar para así evadir el conflicto y la auto confrontación, pero que cuando por fin me libero de la obsesión por la perfección, se abren de par en par, por instantes, las puertas que me conectan con lo interno, con los pensamientos y emociones que plasmo y materializo, para posteriormente observar y disfrutar con calma su aporte. De adentro hacia afuera, más que una reacción al entorno es una generación personal interna, una conexión con las ideas que flotan en el éter y nos pertenecen cómo conjunto humano. Le pertenecen a todo aquel dispuesto a meditar un poco y silenciarse, apropiarse y en última instancia traducir o interpretar a su propio idioma personal.


Todos tenemos ese idioma personal intrínseco ardiendo por pulular y darse a conocer, esa voz tan nuestra y global al mismo tiempo, y que, para dejarla salir, es preciso ejercitarla cómo cualquier músculo dormido que no quiere olvidar su función. Y no existe ningún momento para desarrollar nuestro lenguaje, ya sea visual musical, textual, que no sea el presente eterno, en el cual se encuentra la verdadera vida.


Si ese idioma se tradujera a un sabor personal, resulta indispensable e imperante impregnar nuestro diario quehacer del mismo, poder hacer consciente cada instante, colmar nuestra vida y “carrera” de lo que es único en nosotros, originalidad que a su vez contagia a los demás a encontrar lo propio, que puede ser diametralmente opuesto en estilo, pero que en esencia se trata de esa voz original del individuo que flota y a su vez es interdependiente del entorno, de la colectividad.


Para conectar con ese sabor es necesario quizás, el silencio, la reflexión, la producción, observar y equivocarse mucho. Volver a levantarse cuantas veces sea preciso, ordenar ideas, limpiar la casa (mental y física) y volver a crear. La honestidad, para con uno mismo, poder transmitirla a los demás y conectar cada vez más frecuentemente con el vasto océano de la consciencia, manifestada cómo expresión pura.







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