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  • Renato Sáenz

Rejas Verticales

Actualizado: 5 oct

La abstracción de una ciudad con sus múltiples caras y texturas se desdobla sobre mí, atrapándome con su seductor encanto y dualidad. Su complejidad se mezcla con la mía y me convierte en un nuevo ser. Una maraña de entramados y relaciones artificiales muy tomadas por sentado se suscita y desenvuelve a mi alrededor y a lo largo de la superficie de ésta orbe. Lejos de la monotonía encuentro que cada día despliega una experiencia distinta para ser experimentada y vivida al máximo.


Miles de capas de existencia humana, presenciales y virtuales. Miles de niveles en torres de naipes conectados por máquinas elevadoras interconectadas en una realidad muy lejana de los prados silvestres, apacibles, frescos, verdes, humeantes y aromáticos de la ruralidad.


Alturas restringidas, mascarillas engalanando rostros incógnitos y otras más tiradas en las calles contribuyendo con la contaminación visual. Pavimentos irregulares, ropas americanas. Un sujeto entra a una carnicería llevando en sus espaldas, una cuarta parte del cadáver de una res. Cortinas metálicas, mini lotes baldíos listos para recibir construcciones o bien permanecer abandonados para siempre dando un mínimo recuerdo de la tierra y su verdor.



El aluminio compuesto en un fallido intento por cubrir y “embellecer” fachadas de viejos edificios cual tramoya teatral, o un maquillaje aplicado sin gusto, que pretende fútilmente tapar el sol con un dedo resultando el remedio peor que la enfermedad.


Franjas verdes paupérrimas sirven de plataforma para los pocos árboles que son permitidos existir en ésta ciudad, ahogados por el humo de los escapes de los vehículos que logran burlar la revisión técnica anual obligatoria.


Un collage de rejas verticales gobierna mi ciudad, sobrecargando los edificios ya de por si desarticulados y arbitrarios por falta de regulación o conocimiento de diseño urbano. Rejas verticales coronadas por afilado alambre navaja con capacidad de desgarrar la piel y cualquier intento de rebasar los límites de la propiedad privada. Todo producto de la inequidad social y su inevitable consecuencia: la delincuencia en crecimiento.


Las montañas, a lo lejos, un recuerdo de esperanza.


Una pareja de yuppies¹ corriendo en el Parque Metropolitano La Sabana, con su perro bien alimentado y de brillante pelaje, de manera tan despreocupada me recuerda el otro lado de la moneda siempre presente.


En las autopistas, la Municipalidad brilla por su ausencia y se desentiende profesionalmente de los pastos muy largos y tropicales que pululan en los costados de las carreteras imposibilitando la tan vital y necesaria visibilidad al conducir.


Peajes eternos, despiadados detienen el flujo de una ciudad completa en favor de unos pocos recaudadores ambiciosos y pillos que nos dan atolillo con el dedo con su infraestructura de “Infra calidad”. Arquitecturas tan variadas como las ocurrencias de cada cabeza y su mundo. Ritmos dispares y disonancias que por momentos de suerte permiten ver algo interesante, pero que, la constante es la monotonía o aburrida estandarización que no toma riesgos y va a la segura.


Superficies de rodamiento irregulares que pisotean a los ríos una vez hermosos, pasándoles por encima, despreciándolos y lo que es aún peor, ignorándolos.


Cacofonía de rótulos aplastantes sin mas regulación que la dictada por un capitalismo y monopolios agresivos apoyadas por elites y mafias de mercadeo profesional. Latas de cerveza GIGANTES engalanan nuestro paisaje urbano y promocionan la venta de basura que a su vez genera más basura en los ríos del país más feliz el mundo.


Mucha necesidad en la calle, seres humanos que sólo quieren comer se lanzan a las calles en una cruda realidad. Ellos no piden tener Internet de fibra óptica, ni colegios trilingües carísimos, sólo quieren poner comida en sus bocas y la de sus seres queridos.


Frenesí cacofónico de irregularidades y reglas rotas, vistas gordas y caducadas de burócratas cansados (como Pilatos). Reciclaje de paletas de colores industriales, pastiches y creatividades de hojalateros gobiernan el paisaje latinoamericano de nuestro tercer mundo.


La individualidad cómo sueño ultimo de nuestra colectividad ha triunfado, ahora no somos humanos, somos “consumidores” censables y categorizables. Bien catastrados y monitoreados sumisamente por nuestra propia decisión de convivir 24 horas con dispositivos móviles.


La naturaleza sabia se debe reír mucho de nosotros los mutantes competitivos. Se debe reír mucho y en silencio.


¹ Persona joven con estudios universitarios, que vive en una ciudad y tiene un trabajo de muy alto nivel (ejecutivo, empresario, etc.) y una situación económica privilegiada.

"lujo para yuppies"





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